DXMARIUS

Idõ  egy nap 20 óra 3 perc

Koordináták 5592

Uploaded 2014. szeptember 10.

Recorded szeptember 2014

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  • Scenery

     
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2 624 m
1 599 m
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23
46
92,76 km

Megtekintve 2040 alkalommal, letöltve 3 alkalommal

közel Puente Nacional, Santander (Republic of Colombia)

Diciembre de 1991 4:00 am

- Mi hijito, camine le muestro algo muy bonito, levántese y vamos a ver.
- Si señor, ¿A dónde vamos papá?
- Al cementerio, pasando. Pero tranquilo, no se asuste, usted ya está grande. Es algo que no tiene nada que ver con sustos. Vamos.
- Bueno, si señor.

Mucha agua ya había bajado de mi frente; un tardío despertar no me permitía salir antes que el sol, que por esta afrenta de salir tras él, me castigaba. Mi camino era pedregoso, y busca en todo momento hipnotizarme, con el verdor de distantes y cercanas montañas, flores multicromáticas, aromas que viajan y se estrellan en la cara, desde el fogón de leña que arde en orgía de pequeños crujidos, intensos rojos y humo enamorado de los ojos de quien cocina, esa agua de panela, ese dulce "melao"que con el viento llega del rancho incrustado en la verde distancia; me conforta.

El camino me hipnotiza, para que me olvide de él mismo. Así es, simplemente me distrae para que con sus piedras sueltas como dientes hambrientos, en muchas profundas bocas llenas de fango, muerdan las ruedas de mi navío, para lograr pincharlas, para jugar a derrumbarme y darle un beso, porque algo a cambio pide por llevarme esta vez, por varias y olvidadas leguas terrestres, pero no lo consigue no me hace sucumbir y lo abandono tranquilo, sin que tampoco una rueda averiada me haga quedarme un poco más junto a él.

Debo recordar que aquí ya he caído y ya he besado a la fuerza las piedras de esta vía, que tal vez desea que hoy pase lo mismo. Entonces le miro fijamente mientras avanzo, para intimidarle, mientras como una paradoja matemática al mismo tiempo resto y sumo con cada pedalazo, la distancia que me separa de mi destino.

Me encuentro una llave de marca Chevrolet y me detengo. Unas personas cercanas estacionando una camioneta de las muchas que pasan y que manchan el follaje de las hojas y flores colindantes del camino, con barro en invierno y polvo en verano, me ven llegar y me agradecen cuando me despido, al darles lo que encuentro.

-Esa llave es como de una moto, me dice el joven conductor.
-Bobo pendejo, la llave es de la camioneta que esta parquiando, le dice alguien mayor. Es la del tanque de atrás. Cuando vayamos a Bogotá, buscamos una moto de esta marca y si la encontramos se la regalo. Esta juventud de hoy si que es pendeja, me dice sonriendo con mezcla de rabia y una sonrisa para matizar su vergüenza y arrugar más su experto rostro, similar al del joven despistado. Sigo hasta Jesús María, donde llego al poco tiempo.

Aquí el camino cambia para bien su carácter, dejándome ver todo y saludar a todos. Dos chicas que venían por el mismo camino a pie me despiden con un "Adiós, ¿No nos llevas? y mientras visito la iglesia, ellas ya me habían alcanzado pero en el pueblo ya no dicen nada y no miran a los ojos. Seguramente al verme bien, han reflexionado o por ahí cerca andan sus novios. Luego encuentro a dos ciclomontañistas, que vienen de donde yo quiero arribar. Uno de ellos con pinchazo como presagio de algo muy posible y molesto. Con canje de amabilidad, me despido y sigo hacia el oeste, hacia tierras frías de praderas enmarcadas con flores diminutas del mismo color del oro, vacas manchadas de tinto y chocolate, que beben de arroyos que como guirnaldas bajan de los altos para dar vida.

Agua fría es un lugar que también me cautiva, por los recuerdos que me dibuja. El mismo quiosco, la misma amable señora que a mi padre y a mi, nos robaba el frío con una agua de panela y cuajada en las madrugadas en las que pasábamos allí en mi infancia. El señor Peña me saluda desde su caballo que huele al trabajo de lo que va del día, la primera recogida de moras y tomates de árbol. El camino se cansa de ser cruel y me ayuda en sus descensos arenosos y sin resalto alguno.

Bajo por el lindo cañón y dejo el clima en donde el calor nunca sale por miedo al fantasma de la bruma. Poco a poco veo las palmas, los toros cebues y las casas más grandes de puerta abierta, la gente que muestra sus hombros y brazos, las guayabas y los perros bravos que persiguen. Me bajó, voy al río pando y cristalino, donde las mariposas saludan posándose en una extendida e inmóvil mano, que simula una rama para recibir a esos mismos seres alados y coloridos que se atraviesan en el camino y buscando el agua de la cara, pasan cerca de la boca como buscando un beso mientras pedaleo.

Las montañas a ambos lados del río, parecen echarse encima, mientras llego a las ventanas del Cacique Tisquizoque, un hermoso pasaje hecho por la perseverancia y fuerza del agua que fue capaz de atravesar la montaña; la misma agua mansa y cristalina que se desvanece delicada de las manos cuando con ellas se mata la sed.

Refugio del Cacique, cueva hermosa que regala una vista sin igual al occidente donde el sol descansa toda tarde. Abre un ojo gigantesco en la montaña que llora una gran cascada que se seca en verano. Encadeno mi cicla y entro para ver los escaladores que se aferran con casi nada a sus paredes y techo siendo la voluntad su soporte en esas alturas.

Recorro las calles de Florian ya cuando se hace tarde y me debato entre seguir o descansar por el día, me encuentro gente conocida y se me escapa el tiempo en la nostalgia de pasar por donde lo hacía de la mano de ella, que hoy está ausente. Sólo está por ahora en el recuerdo y cada esquina me hacia pensar en las risas tomando el dulce néctar de sabajón que diez veces más barato que una botella de vino tinto español, con gusto adquirí, haciendo ese mismo trueque con doña Cecilia quien lo fabrica. Ella feliz con su botella de vino y nosotros como locos disfrutando esa tentación cremosa para el alma, del color crema de las piedras del río cercano que cae en cascada por las ventanas del cacique, dulce néctar que va muy bien con los besos dados con amor y alegría, el mejor cóctel de mi vida que ese día no podía disfrutar, por faltarme ella, mi señorita.

Subo a la piscina del pueblo y sumerjo mis penas en el agua cloratada, que me refresca y me relaja. La luna quiebra el azul del cielo como un bello lunar albo que luego hace menos penumbrosa la noche. El pescuezo de gallina con yuca que me como en la hamaca del lugar me calma el hambre que traía desde kilómetros atrás. Doña Cecilia, quien además de fabricar sabajón, tiene una posada, me saluda y me aparta la habitación, con vista directa al amanecer.

Salgo con el alba y desde ese momento se tornaba más especial el camino, cruelmente ascendente pero nuevo para mi pues nunca había estado en la bien llamada Suiza de Santander, por sus paisajes y su gente amable de cabellos rubios y claro mirar.

Su clima es una caricia de frescura para mi acalorado pescuezo y un desayuno es un deleite. El mercado estaba en su apogeo y la fiesta de la mujer era la excusa para la música de cuerda y los trajes típicos. Me gustó mucho La Belleza y hubiese querido pasar más tiempo, pero a penas era el inicio de la otra mitad de recorrido para regresar a casa.

Amacijos de Jesús María, Mantecada horneada en latas de sardinas y regañonas hechas en horno de leña de Florian y queso campesino de La Belleza, eran los trofeos que celosamente guardaba en mis alforjas y de a poco en mi. Una delicia.

La vía de trocha se acaba y el agotador pavimento que aparece como un inverosímil tobogán ascendente, es lo que sigue. El reloj me apresura, ya que muere la mañana y yo apenas voy a la mitad y me falta lo mejor. Los hermosos parajes de Sitio Nuevo, El Funcial y Campo Hermoso, me hacen olvidar el cansancio, el cual deseo ignorar y llegar pronto al alma de este recorrido. Un lugar pequeño pero cargado de recuerdos, los mismos que me hacen viajar.

Siento una molestia en la espalda, pero no es tan fuerte y la ignoro y cuando se acaba el feo pavimento, encuadrada en un paisaje como de Asia Central, una imagen de la Virgen María me muestra la llegada a la Pradera, un puñado de casas junto a una hermosa capilla iluminada por el sol a través de sus vitrales. Me acompaño de un señor a caballo, a quién le cuento todos los porqué y las razones y al final me desea suerte y me indica el rumbo.

Sin haberme bajado de la bici en tan duro ascenso desde La Belleza, intento poner un pie frente a la capilla para entrar, pero caigo al suelo encorvado y no puedo recobrarme. El sobre esfuerzo me pasa factura con un puñal clavado en la espalda y quien me auxilia me dice que camine o que monté en la bicicleta, que no me quede quieto y que a diez kilómetros busque a don Fidelino, quien me curaría. Me he subido con dificultad luego que con terquedad y mucho dolor, entro a la capilla e inexplicablemente ya en montura de mi transporte, el dolor se bajá bastante. No puedo caminar pero si pedalear y entre campos de moras, espejos de agua y un camino casi llano, llego a un sitio anhelado. La Laguna de San Miguel, sería la excusa para volver después, ya que la evito por llegar más rápido a mi destino siguiente y seguramente ya el último por este dolor lumbar nunca antes vivido, ni siquiera con una caída.

La Granja es un pequeño corregimiento de Sucre en Santander que bien puede ser un municipio independiente pero la política y la violencia no lo quisieron así. Don Fidelino me ve llegar y me auxilia de inmediato; ya sabía que yo estaba en camino pues sin saberlo yo, lo llamaron desde la Pradera. Elegante y humilde señor de sombrero con setenta y ocho septiembres cumplidos. Luego de examinarme me ha dicho que es un desgarre y me ha corregido la espalda con sus santas manos que al inicio eran una tortura que me dejaba al borde del grito de dolor. Me amarraba con sábanas y me embadurnaba de pomada picante que me dormía luego. Esto era lo más parecido a un masaje uzbeco en Самарканд o Samarcanda, los cuales son famosos por su efectividad, pero también por que la línea divisoria entre masaje y tortura es borrosa. Esas mismas manos que han curado fracturas y todas las dolencias de la artritis, las caídas y hasta las balas. Le contaba de la muerte de mi madre y su enfermedad y se lamentaba diciéndome "no me imagino, perder la mama di uno debe ser mucho lo duro, muy doloroso" Las manos que minutos después serían acariciadas por las de su mamá, una linda dama de 103 años que le miraba con amor, a su muchacho de setenta y ocho, dando sentido a lo que no entendía hace poco, del por qué, él, a su edad, no entendía mi pérdida y no ha sufrido mi dolor, el mismo de perder a una madre.

No por arte de magia sino por el arte de don Fidelino, vuelvo a caminar bajo su orden de darle varias vueltas al parque mientras el dolor va yéndose poco a poco y la dexametazona que con imperceptible inyectada me aplica por la noche me hace dormir sin sentir nada. Luego de ir con él a misa y dar varias vueltas por el pueblo, veo lindas miradas que me siguen con extrañeza y hasta risa por caminar con dificultad al principio, aún con mi uniforme de ciclismo, mientras el viento me hace tiritar. Risas que después me permitirían responder las preguntas de siempre, los porqués, si me he caído, mi destino, si vengó sólo, otros porqués, etc. Pero nunca preguntan si me gustaría ir a comer el plato típico o si soy soltero; demasiado pedir.

Veo una linda chica que perfectamente puede ser modelo en una gran ciudad, pasando varias veces en una moto y que invita a todo el que se encuentre a jugar voleibol y cuando salimos de misa veo la red instalada. Nada como ver un buen partido antes de dormir, pero nadie fue a jugar a pesar que todos habían dicho que si, algo extraño.

Cuando don Fidelino y su esposa me niegan la posibilidad de pagar un hospedaje en otra parte y me invitan a su casa, me quedo perplejo por la amabilidad. A parte la cena y la inyección y el masaje terapéutico y las historias de la época de la violencia no me querían cobrar.

Esa madrugada siguiente de un lunes terriblemente laboral, debía levantarme a las tres de la mañana para tomar el primer transporte que en dos horas y media me dejaría en casa o mejor dicho en la puerta del trabajo.

En ese momento de sueño y fríos terribles mientras escucho como suben mi bicicleta al techo del campero, se sienta a mi lado Stefanny, la chica de la moto que al preguntarle por que nadie salió a jugar voley, sonríe y me responde con otra pregunta:
¿Cuándo vuelvas a la granja en bici también te vas a caer?

Sonríe y no me sorprendió lo que me dijo de su razón de viajar temprano, es modelo en Bogotá y tiene un evento en la tarde. Justo como me lo imaginé por su altura y su belleza. Dos jugos en Puente fueron la despedida, pero esta historia se acaba así como empezó; con inolvidable y repetible experiencia:

Septiembre de 2014, 3:30 am

-Don Mario, buenos días, levántese que en media hora llega el carro.
-Gracias don Fidelino ya me levanto
-Póngase esta ruana y vamos allí al cementerio, le quiero mostrar algo mientras llega el campero.
-¿Al cementerio?
- Si, pero tranquilo, se que se va a ir contento, es el atractivo de La Granja.

Allí increíblemente se repite la experiencia con mi padre, quien en medio de las tumbas me llevaba de la mano con una lámpara de gasolina que apagó poco después para mostrarme un horizonte donde a lo lejos se veía un lejano pero gran hilo de luz, como una gran ciudad tan larga que abarca todo el occidente. Era el Magdalena iluminado por las luces de sus puertos y casas ribereñas en medio de la madrugada como una exagerada y bella constelación bajo el cielo y que en el amanecer sus aguas reflejan el sol que le hacen ver como una serpiente de oro que repta entre las lejanas y azules montañas. Don Fidelino sin saberlo me ha mostrado algo que ya había visto, pero que sólo recordé con gran exaltación inexpugnable, hasta ese instante, como cuando se reconoce un bello rostro de alguien amado, que no se ve en mucho tiempo, en muchos años, como el de Diva, la hermana de mi padre, mi tía adorada quién siempre ha vivido muy lejos y no veía desde niño. Cuando la vi hace pocos años supe que era ella y volví a sentir su amor y cariño. Su bondad y belleza supera a la de todos los ríos, flores, horizontes y paisajes juntos y siempre me acompaña en lienzo de mis pensamientos así como lo hacen mis padres.
Vereda Rincón. Aquí comienza lo bueno
Río Cuchinero, vereda Culebrilla
Se acabó el Puente y empezó Jesus María.
Jesús María
Vida en la Vereda
Laderas.
Agua fría.
La Venta Florían Santander
Cañón
Entrada a las Ventanas de Tisquizoque
Llegando a Florian
Florian Santander
La piscina.
Camino a la Belleza.
La Suiza de Santander, La Belleza
Vereda Sitio Nuevo
Vereda El Funcial
Vereda Campo Hermoso
Llegando a la Pradera, Sucre Santander
Camino a la Granja
La Granja Sucre Santander.

3 hozzászólás

  • Fénykép jhongne

    jhongne 2014.10.21.

    Donde e s esto ?? Saludo https://es.wikiloc.com/rutas-outdoor/mi-primera-vez-en-suiza-caminos-y-lugares-de-antano-con-mi-padre-septiembre-de-2014-7758398#wp-7758412/photo-4458179

  • Fénykép DXMARIUS

    DXMARIUS 2014.10.22.

    Hola. Aunque de que es larga y posiblemente difícil o aburridora de leer, en la crónica de este viaje está la respuesta. Gracias por seguir mis rutas. https://es.wikiloc.com/rutas-outdoor/mi-primera-vez-en-suiza-caminos-y-lugares-de-antano-con-mi-padre-septiembre-de-2014-7758398#wp-7758412/photo-4458179

  • Fénykép Oscar Upegui

    Oscar Upegui 2018.02.01.

    Una ruta acompañada de una muy buena crónica y unas bonitas fotos, la cual merece muy buenas valoraciones Gracias Amigo por compartir el trazado.

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